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En el ejercicio futurista de la edición freeway octubre, Kira se imagina en el 2029.
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Hoy es 7 de octubre de 2029. Otro cumpleaños para celebrar, por suerte en Montevideo, mi ciudad. Momento de autoanálisis (*).
Así que toca mirarse al espejo, para hacer una primera mirada no tan superficial. Mi cara sin arrugas es algo que le debo al hecho de haberme cuidado tanto del sol y a no haber usado jamás maquillaje. Mi cuerpo también está intacto. Claro, luché contra la fuerza de la gravedad y aún sigo haciéndolo, pero con métodos naturales, sin someterme a ninguna cirugía; solo con pilates, gimnasia, frutas, verduras y el agua mineral sin gas que en más de una oportunidad me hizo parecer una mujer aburrida. Mientras disfruto de la sensación de que los años no han pasado para mí, entran a mi cuarto mis tres hijos, para mostrarme que el tiempo, por suerte, no se había congelado.
Sí, soy una profesional exitosa y disfruto muchísimo de mi trabajo. Amo trabajar y también amo la mirada de mis hijos, sus risas a carcajadas, sus caritas mientras duermen. Me detengo a contemplarlos cuando se acercan a mí con su regalo entre las manos ?como esta mañana- y pienso que estuve bien en haber tomado la decisión de no casarme jamás, en que ellos sean solo mis hijos y no tengan padre.
La juventud me duró demasiado tiempo. Se alargó tal vez más de lo normal para una mujer en esta sociedad. Es cierto, la disfruté mucho y en ese disfrute inmenso conocí a muchos hombres, tantos que perdí la cuenta de ellos y de las camas, y obviamente me tocó tener buen y mal sexo. Pero un día me di cuenta de que mi reloj biológico indicaba que me quedaba poco tiempo para ser madre y eso sí que era algo que me importaba cumplir en esta vida.
Como mi alma y mi cuerpo se habían vuelto demasiado libres, decidí ser madre soltera. Entonces lo busqué a Él, un amigo de toda la vida al que siempre vi como el padre de mis hijos, pero que nunca me movió un pelo.
Él siempre pensó que para mí era un simple touch and go, pero sin saberlo fue la pieza fundamental que yo necesitaba para armar mi rompecabezas. Hoy, como siempre desde que tengo recuerdos, estoy acompañada. Sigo disfrutando del sexo y pasándola demasiado bien, pero la cama siempre es la misma, es la de otro.
Él, quince años menor, que tiene toda la energía que necesito para sentir que todo sigue también como hace veinte años.
(*) Siento que valió la pena, después de tantas idas y vueltas, quedarme en Montevideo, para disfrutarla ahora que tiene algunas de las cosas que siempre admiré de otras ciudades: tres líneas de metro, calles limpias como las de Santiago y estadios de fútbol como los ingleses. A esto se suma que el país se convirtió en un lugar de oportunidades para los jóvenes, con una economía firme y en expansión.
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