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Siempre se dijo que el negro Johnattan tenía terrible pistola. Estábamos en quinto de escuela. Un día pasó lo inevitable. Una compañerita preguntó: “¿Quién me presta una goma?”. El negro le contestó: “Borrá con esta”. Peló la cosa esa sobre el banco. Una lagartija. Un matambre. Un delfín. Un enano muerto. Una grosería. Se pudrió todo. Hubo un silencio estremecedor. Apenas se escuchó un “paaaah!” que no se quién lo dijo. “Te regalo un paquete de galletitas Lulú si me la metés”, dijo Carlitos desde el último banco, dando rienda suelta a un deseo oculto. En forma urgente vino la directora y dijo: “Me vas a tener que acompañar a la dirección, Johnny”.
Me empecé a imaginar a la directora sacándose el guardapolvos (nunca mejor dicho), bajándose la bombacha y mandándose todo aquello para adentro. Y así todo lo que se encontrara dentro de aquel despacho sería “atendido” por el Johnny. Ni Artigas se salvaría, ni Varela, ni la Virgen de los 33. Era mejor que te la pusiera, porque si te pegaba con eso en la cabeza te provocaba un derrame cerebral. Tampoco pude evitar imaginarme la sonrisa de la directora al recibir el santo favor y coronando al Johnny abanderado de la uruguaya. Gracias a ese gato peludo que tenía entre las piernas su vida tomaría otro rumbo. Obtendría la gloria a pesar de ser un burro en todo el sentido de la palabra. Me lo imaginé aprobando secundaria empalando profesoras, profesores y adscriptas. Recibiéndose de algo en la universidad. Así sucesivamente. El Johnny intendente. Presidente. Capo de la ONU. El Johnny clavando la batata en la luna. No era justo. La nutria esa era una metáfora. Equivalía a tener dinero, un padre que te acomodara, un amigo íntimo que te metiera en algún laburo, una pareja con poder o simplemente la habilidad en el buen arte del alcahueteo. A él le tocó en suerte eso para escalar. La oda al no talento.
Desperté de mi pensamiento triste cuando la directora terminaba de darle la orden al “tres piernas”. En ese mismo momento, como un relámpago, Ricardito le clavó un compás al pedazo del Johnny. ¡Tuc! Fue como matar un lobo marino. Greenpeace nunca se enteró. Ricardito era el alumno más inteligente de la escuela. Sabía lo que hacía. En un segundo se acabó la leyenda, por el bien de todos. Volví a ver a Johnny hace poco en un rodaje. Pobre, terminó siendo actor. No sabía qué decirle. La vida del actor es simple, no es fácil.
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