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Enero de 2006, playa de Reñaca, Viña del Mar, Chile. Pensé que había encontrado el paraíso en la Tierra y que quedaba allí, justo al otro lado de la cordillera de los Andes. El sitio y el momento ideal para rendir una materia pendiente: un novio de verano.
En ese mes de enero hacía años que había dejado de creer en el amor: no lo buscaba ni esperaba encontrarlo. Pero tampoco estaba a la defensiva ni tenía la guardia baja, por lo que fue un momento ideal para disfrutar un noviazgo corto e intenso, de apenas una semana.
Él se acercó a mí, en la playa, la misma tarde en que llegué. Preguntó si podía sentarse, le dije que sí, y ahí comenzó todo. Era un mendocino de mi edad, de ojos azules, bajito, un cuerpo trabajado durante el año en el gimnasio, simpático. No podía pedir más: tenía todo lo que me interesaba en un hombre en esa época del año.
La semana en Viña la habíamos planificado con una amiga, con la que alquilamos un apartamento frente al reloj de flores. Pero no hubo problema, porque las dos nos integramos al grupo de amigos de mi enamorado de verano, lo que me permitió poder estar todos los días y sus noches con él. Sí, esa fue la constante. Habíamos conformado una barra grande, con ganas de pasarla bien.
Durante el día estábamos todos juntos. Cuando caía el sol cada cual hacía lo que quería. Nosotros nos adueñábamos de la playa desierta; sabíamos que aquella era una historia con fecha de vencimiento así que no teníamos tiempo que perder. Tuvimos sexo en la arena, parados contra las piedras del muro de la rambla, debajo de las palmeras que transmitían aire caribeño. Es cierto que recurrimos a su cama, también a la mía, pero no hubo sensación como la del sexo en la playa, con el ruido de las olas golpeando fuerte y las estrellas alumbrando el espacio.
Esa historia tuvo todo en la dosis justa. No había celos ni reclamos ni reproches. Cada uno podía salir y hacer lo que quería. Por eso también disfruté de la movida nocturna como si hubiera vuelto a tener dieciocho.
El domingo antes de regresar a Santiago para tomar el avión de vuelta a Montevideo nos despedimos sin intercambio de e-mail ni de teléfonos. Era el fin de algo que siempre supe que terminaría y no me dejaba vacía sino feliz, llena de energía, renovada y con muy buenos recuerdos.
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